En estos días tuve una cita con mi hija más grande (de 8 años) con el propósito de ver cómo estaba en los estudios, cómo se sentía. (Los padres deben de velar por sus hijos), pues caminamos a un lugar a desayunar, antes de ir al colegio. Llegamos y vimos el ambiente que estaba agradable, pido un café, ellas un jugo natural, diferentes bocadillos y nos sentamos en la mesa, todo fue espectacular.
En este encuentro con mi primogénita comencé a experimentar una gran sensación, que era que todo lo que hacemos por nuestros hijos es por amor, estamos dispuestos a sacrificar todo lo que tenemos por amor a ellos, después de la cita nos fuimos para nuestras obligaciones.
Pero esa noche cuando estaba en el aposento, después de un largo día de trabajo, viene a mi mente un versículo de la escritura que cautivó en ese instante mi corazón y que hasta el día de hoy ha estado caminando por todo mi ser, les hablo de la palabra que está en Juan 3:16 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”, que versículo más sublime.
Veo a Dios diciéndome a través del texto bíblico, mira Francisco así como tú amas a tu hija que estás dispuesto a sacrificar todo, yo siendo Dios entregué por amor a ti he dado lo mas especial y amado, mi hijo.
Esta es la manera en que Dios amó al mundo: él dio a su Hijo. Que amor tan excelso, nada puede llenar la vida nuestra si ese amor que es por Jesucristo. No es una religión, es el eterno amor de Dios que está llenando toda la tierra, ¡ahora!, nosotros no estamos desamparados, dice Juan “mirad cual amor nos a dado el Padre… es ilimitado, creyendo en su hijo nos acerquemos a este gran amor. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. 1 Juan 4:10. Realmente como hijos y criaturas, Dios nos invita a una cita para recibir su gran amor.
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